Social Intelligence

Author
Daniel Goleman
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Image of the WeekINTELIGENCIA SOCIAL


Un día, viendo que llegaba tarde a una reunión en el centro de Manhattan, busqué la manera de atajar. De modo que entré en el patio cubierto de la planta baja de un rascacielos con la intención de salir por una puerta que había divisado justo al otro lado y que me proporcionaría una vía más rápida de atravesar la manzana.


Pero en cuanto pisé el vestíbulo del edificio, con su fila de ascensores, un guarda uniformado se avalanzó sobre mí agitando los brazos y gritando: “¡Usted no puede pasar por aquí!”


“¿Por qué no?” Pregunté extrañado.


“¡Propiedad privada! ¡Es propiedad privada!”, gritó, visiblemente agitado.


Parecería que sin darme cuenta me había colado en un área restringida que no estaba señalizada. “Ayudaría,” sugerí en un débil intento de aportar algo de sentido común, “que hubiera un cartel en la puerta que dijera: Prohibida la Entrada.”


Mi comentario no hizo sino cabrearle aún más. “¡Fuera! ¡Lárguese!” me gritó.


Desconcertado, me batí en retirada a toda prisa, sintiendo, a pesar de haberme alejado unas cuantas manzanas, cómo su rabia seguía reverberando en mis tripas.


Cuando alguien descarga sobre nosotros sus emociones tóxicas – estallando en ira o en amenazas, mostrando aversión o menosprecio – en nosotros se activa el circuito generador de esos mismos sentimientos perturbadores. Su descarga tiene un potente efecto a nivel neurológico: las emociones se contagian. Las emociones fuertes se contagian de la misma forma en que lo hace un rinovirus – y de ese modo podemos agarrar algo parecido a un “resfriado” emocional.


En cada una de nuestras interacciones hay una lectura de naturaleza emocional. Junto con lo que sea que estemos haciendo, nos estamos influyendo mutuamente, pudiendo hacer que nos sintamos un poco mejor, o incluso mucho mejor; o un poco peor – o muchísimo peor, como me pasó a mí. Más allá de lo que acontezca en ese momento, podemos retener ese estado de ánimo – un regusto emocional (o una náusea, en mi caso) hasta bastante después de que dicho encuentro directo haya concluido.


Esos silenciosos intercambios se contabilizan en una especie de comercio emocional: sumamos las puras pérdidas y ganancias internas que experimentamos con una persona determinada, o en una determinada conversación, o en un día determinado. Al caer la tarde, es el balance neto de emociones que hemos intercambiado lo que determina en gran medida que sintamos que nuestro día ha sido “bueno” o “malo”.


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