LA REGLA DE ORO DE LA EVOLUCIÓN
¿Estás de bajón? Según un nuevo estudio publicado por la Revista para la Investigación de Hábitos de Consumo, cuando las personas nos sentimos mal, nuestro sentido del tacto se activa, e instintivamente buscamos agarrarnos a algo, o abrazar a alguien. Los chiquillos agarran su manta o abrazan su osito de peluche. Es un comportamiento característico de las crías de mamíferos. Cuando están apesadumbrados, normalmente es porque algo les ha hecho daño, o porque están enfermos, o ateridos, o perdidos. Así que si regresan corriendo a mamá para acurrucarse en su regazo y comer calentito, su cerebro les recompensa con un chute de placer. No tienen que pensarlo. Solo experimentan que cuando les invade cualquier emoción negativa, recibir un cariñito les reconforta; y si están alegres y animados, entonces sus ojos se ponen a buscar nuevos horizontes que explorar.
Este comportamiento responde a la regla de oro de la evolución, que es la vieja táctica del palo y la zanahoria. Se trata de un impulso que esquiva la reflexión, pues su función es ayudar a los infantes a desarrollarse bien, haciendo que sin palabras - mediante estímulos del paladar, caricias cariñosas, aromas penetrantes y colores atractivos - adopten una manera de actuar determinada.
Tiempo atrás, cuando los humanos todavía no discerníamos qué nos convenía comer, y mucho menos qué vino escoger o qué tele de alta definición comprar, surgió de forma natural la siguiente cuestión: ¿cómo se enseña a un animal, de por sí imprudente, a adoptar hábitos de vida inteligentes? Es cierto que algunos individuos, los más cautos, desplegaban un comportamiento que favorecía su supervivencia, pues se dosificaban las recompensas sensoriales. El caso es que la comida con propiedad para nutrirnos sabía muy rica, razón por la cual, al igual que a nuestros ancestros, se nos siguen antojando los alimentos dulces, salados o con grasa. Lo único es que para ellos estas necesidades no eran tan fáciles de satisfacer, ya que tanto para la recolección como para la caza tenían que invertir bastante esfuerzo. Entretanto los hedonistas más espabilados se aventuraban un día y se acurrucaban al siguiente, consiguiendo sobrevivir el tiempo suficiente como para disimuladamente traspasarnos sus fastidiosos genes amantes de la comida basura.
Como ocurre con muchos otros aspectos de la vida, las personas adultas todavía funcionamos según las reglas que aprendimos de niños. Cuando nos sentimos mal, buscamos un abrazo; cuando miramos una peli de miedo, le agarramos la mano a nuestra pareja; cuando tenemos hambre, en vez de comer algas, nos tiramos a por las patatas fritas.
¿Y qué tiene esto que ver con la “investigación sobre hábitos de consumo”? A lo mejor ni lo imaginas. Cinco experimentos a partir de sus resultados han dado con el modo de lucrarse haciendo que las personas consuman dependiendo del estado de ánimo en que se encuentren. Parece ser que alguien que está con la moral más bien baja tiende a sentirse más atraído por el suave perfume de una crema de manos, mientras que una persona que está de buen humor tiende a dejarse conquistar por la botella resplandeciente o el envoltorio llamativo del producto en cuestión.
Probablemente te estés preguntando si existe algún estado de ánimo que escape a la manipulación comercial. Pues parece ser que no, que las marcas se esconden detrás de tus inclinaciones primitivas para captarte, y da igual que estés muy abajo o muy arriba. Si un día la crema de manos con textura de merengue no llega a conquistarte, ya otro día se encargará de hacerlo aquella caja con forma de torre Eiffel. [...]
¿Puede uno entonces burlar lo que dicta la evolución? Pues claro, lo hacemos todo el tiempo. [...] Pero ¿somos conscientes de las consecuencias de dejarnos llevar por nuestros impulsos? Raramente.
--Diane Ackerman, en La Regla de Oro de la Evolución